Sí,
cocino; sí, le preparo el almuerzo a Esther, mi cuerpo sigue completo y no
parece que se me vaya a caer el pene por hacerlo. ¿Ayudar? ¡JA! “Ayudar” en
casa es una de las cosas más machistas que hay en este mundo. No, no somos
buenas personas por “ayudar” a nuestras parejas con las labores de la casa. Es
un trabajo de dos y, como tal, se reparten las labores diarias, porque es
trabajo de dos.
Yo
no sé de dónde sacaron que es un gesto de caballerosidad hacer cosas en sus
propias casas. Tampoco entiendo por qué debe ser la mujer quien lleve todo lo
relacionado al hogar si no hay pago de por medio. ¿Quieren a una persona que
tenga la casa lista para cuando lleguen a casa, cansados por el día a día de la
oficina? Paguen un servicio doméstico.
Es
cierto que no disfruto lavar trastes (y no lo hago), colgar la ropa cuando sale
de la lavadora, tirar la basura y verle la cara al ineficiente servicio a
domicilio del supermercado cada vez que llega tarde, pero no me quejo, es parte
de mis obligaciones (sí, obligaciones) en el hogar.
Compañeros,
si no les gusta cómo cocinan sus parejas, hagan favor de aprender ustedes, y no
salgan con la bonita agresión clásica en la que recuerdan a sus adoradas madres
y el sazón nostálgico de la infancia. Y ya que van a perderle el miedo a la
estufa, prepárenle delicias culinarias a su “media naranja”, pues al menos en
mi caso, ella cocina con todo el amor del mundo, y yo quiero responder de la
misma forma.
En
pocas palabras, no se pasen de (ponga aquí su insulto favorito) y trabajen en
la construcción del hogar.
Como
siempre Esther, te amo.
Keep
Rocking
PD.
Ustedes qué saben del amor si no han probado lo que cocina Esther, ni han
probado los pancakes que este servidor prepara.
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