lunes, 16 de julio de 2018

Sobre las delicias de la comida


Sí, cocino; sí, le preparo el almuerzo a Esther, mi cuerpo sigue completo y no parece que se me vaya a caer el pene por hacerlo. ¿Ayudar? ¡JA! “Ayudar” en casa es una de las cosas más machistas que hay en este mundo. No, no somos buenas personas por “ayudar” a nuestras parejas con las labores de la casa. Es un trabajo de dos y, como tal, se reparten las labores diarias, porque es trabajo de dos.

Yo no sé de dónde sacaron que es un gesto de caballerosidad hacer cosas en sus propias casas. Tampoco entiendo por qué debe ser la mujer quien lleve todo lo relacionado al hogar si no hay pago de por medio. ¿Quieren a una persona que tenga la casa lista para cuando lleguen a casa, cansados por el día a día de la oficina? Paguen un servicio doméstico.

Es cierto que no disfruto lavar trastes (y no lo hago), colgar la ropa cuando sale de la lavadora, tirar la basura y verle la cara al ineficiente servicio a domicilio del supermercado cada vez que llega tarde, pero no me quejo, es parte de mis obligaciones (sí, obligaciones) en el hogar.

Compañeros, si no les gusta cómo cocinan sus parejas, hagan favor de aprender ustedes, y no salgan con la bonita agresión clásica en la que recuerdan a sus adoradas madres y el sazón nostálgico de la infancia. Y ya que van a perderle el miedo a la estufa, prepárenle delicias culinarias a su “media naranja”, pues al menos en mi caso, ella cocina con todo el amor del mundo, y yo quiero responder de la misma forma.

En pocas palabras, no se pasen de (ponga aquí su insulto favorito) y trabajen en la construcción del hogar.

Como siempre Esther, te amo.

Keep Rocking

PD. Ustedes qué saben del amor si no han probado lo que cocina Esther, ni han probado los pancakes que este servidor prepara.

martes, 10 de julio de 2018

Las feministas no muerden... muy duro

Sí, las feministas también se casan (si ellas quieren). Son femeninas en sus propios términos (se arreglan para ellas, no para nosotros), adorables, inteligentes, cariñosas, y (Esther es un ejemplo claro de ello) muy empáticas.

Cocinan, trabajan, hacen labores domésticas, ven películas, estudian, trabajan, comen, beben, se ríen... vamos, son como cualquiera de nosotros, quieren que se les respete no por sus vaginas, sino porque son las personas que se suben con nosotros al metro, se forman en la fila del banco y beben café en la mesa de al lado sin meterse con los demás.

Cuando conocí a Esther, sólo supe que ella es feminista cuando me lo dijo. Nunca ha intentado ponerme en un campo de concentración, meterme en una cámara de gas o convertirme en barras de jabón. Me cocina, me apapacha, me deja ser el de siempre (con todas mis manías y caprichos), y me escucha, porque es una buena persona. Me deja ser yo.

Lava trastes, hace manualidades, sufre un poco de TOC, es madre de cuatro gatos, mantiene a raya a su marido y al duende de jardín (que bueno, ni jardín tenemos), es (muy) aficionada a los cosméticos, le gusta saber sobre derechos humanos, política y es más fan de Star Wars que yo.

En síntesis, es feminista y no es el diablo (ninguna feminista lo es). Simplemente es un ser humano que destila amor y empatía donde se para. Yo la amo.

PD. Me muerde la nariz cuando me porto mal (que es muy seguido).

Keep Rocking.


Sobre las delicias de la comida

Sí, cocino; sí, le preparo el almuerzo a Esther, mi cuerpo sigue completo y no parece que se me vaya a caer el pene por hacerlo. ¿Ayudar? ...